Alejandro Blanco

Me gusta pensar de mí mismo que no soy uno, sino muchos, una legión. Diría que soy los millones de inquietos microorganismos que me habitan; y el agua errante del océano primitivo que ahora fluye en este cuerpo; y las rocas que se mineralizan en mis huesos antes de volver a ser tectónicas cuando esté bajo tierra; y el sol que alimenta a las plantas que me alimentan.
En mí coexisten un permacultor, un regenerador, un todero en las labores de la finca y el hogar, un esposo, un padre, un hijo, un estudiante, un profesor. Soy “un hombre sin guerra y sin gloria, un artesano sin nombre, un animal feliz".
Disfruto mucho la lectura y la escritura, me encanta tanto la fotografía como una buena conversación y, cuando tengo la oportunidad, me gusta caminar solo y en silencio, en medio de una vegetación tupida, para meditar y sentirme abrazado por el entorno natural.
Aunque de universitario estudié comunicación social y antropología; ahora le clavo el colmillo a diversos temas sobre los que investigo de manera independiente.
A cualquiera que me viera hoy en medio de la huerta, en ropa de trabajo, le parecería extraño saber que hubo un tiempo en el que vestía de traje y corbata, cuando vivía de los diplomas. Así me mantuve durante muchos años, mientras estuve trabajando en proyectos sobre migraciones internacionales para la Cancillería de Colombia, la Organización Internacional para las Migraciones, el Instituto de Investigación para el desarrollo de Francia y Colciencias.
Luego me cansé de trabajar por contrato y junto a mi esposa nos volvimos emprendedores con un proyecto al que le pedaleamos por años. Luego nos vinimos a buscar otra vida en el campo.